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Buscando sombras en la hoguera

  • Por Gastón Gómez 

    Se me ofreció la responsable -hago hincapié en el adjetivo- tarea de escribir un artículo. La sugerencia es amplia si se trata de escribir a diestra y siniestra sin un norte claro, como comúnmente se hace en esta neblina de paisaje llamada “Chile”. Por supuesto acepté. Un primer artículo: ¿que diga qué?, ¿que nuestro país está mal?, ¿que las guerras nos inundan?, ¿que la cultura acá es financiada por y para castas de estatus que NO necesariamente lo necesitan?, ¿que el obrero promedio chileno de 24 horas trabaja 14, almuerza en 1, y el resto las debe administrar sagrada y mágicamente en su familia, quehaceres domésticos, dormir, comer, cagar, follar y crear (si es que el tiempo, “esa condición irreversible y unidireccional” como dice Borges, lo permite)?, ¿que vamos de mal en peor?

    Sin duda alguna todo lo anteriormente dicho es irrefutable, más me interesa centrar este breve análisis en LA posibilidad de sombra y frescura que nos podemos permitir en una hoguera como esta. Cuando un bosque es incinerado a propósito por manos nefastas humanas de inmediato lo primero que pensamos es en apagar semejante incendio, a ratos queriendo tapar el sol con un dedo, en lo posible meñique y de guagua. Vivimos en una ensoñación que más que sueño, en todo momento se torna pesadilla. Lemebel bien lo dice en su cuento Chile Mar y Cueca: “Una chilenidad chorreada en el almíbar de abeja, que se etiqueta como ‘dulce patria’ o mermelada nacional” Nuestra generación actual aún sufre los síntomas de la dictadura. Aún existen “jóvenes” que avalan y defienden los ideales corruptos e infames que llevó a nuestra “dulce patria” a lo que hoy en día es: una hoguera en donde miles de asfixiados buscamos sombra. Jóvenes con edad de ellos pero con una mentalidad de anciano no sabio, olvidadizo, con Alzheimer autoinducido. Efectivamente ese es el germen que a tanto cogeneracional afecta: una abrupta pérdida voluntaria de memoria. Una real idiotez, refiriéndonos a la etimología de la palabra “idiota” que deriva del griego “idiotes” y que se refiere a las personas que no se preocupa de los asuntos públicos, sino sólo de sus intereses privados. El prefijo “idio” hace referencia a lo propio. ¿Idio-ma?, ¿idio-sincracia?, ¿Ideo-logía?, ¿Iden-tidad?, ¿las tenemos?, en Chile ¿tenemos algo propio, siendo que las transnacionales gringas y europeas, las famosas 7 familias, y el criollo aburguesado nos vacunó con la bacteria asesina del capitalismo exacerbado, este?

    No todo el balance es majadero ni mucho menos negativo. Todo lo contrario. Lo que nuestra actual generación sí tiene de sobra- y esto lo escribo con suma responsabilidad- es la capacidad receptiva y crítica de darnos cuenta de nuestras propias carencias. Esa capacidad de autocrítica que a nuestros padres y abuelos a ratos tanta falta les hizo. Todo esto sazonado con los aliños únicos que nace de las fauces de la juventud: valentía y rebeldía. Y soy optimista al pensar que en eso estamos, buscando la más aliviante sombra dentro de una hoguera infernal, acurrucándonos bajo El árbol que nos puede ofrendar el mejor de los regazos: el árbol del amor.

    Así es estimad(a) lector(a). Si todos nuestros actos lo ejecutáramos con la cuota mínima de amor que nuestro país y el mundo, en su dimensión global, necesita, créanme echaríamos raíces firmes y crecerían más árboles de esos que necesitamos, como alguna vez crecieron fértiles y milenarios en mis tierras, Concepción, VIII región del Bio-Bío, al punto de crear desapercibidos y conscientes un bosque que haya consumido está hoguera que, viéndola desde un punto de vista radical, no es más que un cúmulo incómodo de cenizas débiles que se niegan a morir.

    Chile apagará esta hoguera, de lo contrario, arderemos a lo bonzo en ella.

    Amor es acción, palabras son palabras.