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Los libros como salvación

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    Camino a casa, observé un curioso afiche, que en pleno alboroto de septiembre, decía tímidamente: Feria del Libro.
    Sentí que ese anuncio pasaba desapercibido ante la gente, y más aún, era aplastado entre el comercio parafernálico que se viste de fiestas patrias.

    Pensé entonces en los libros, en la vaga importancia que se les otorga en nuestro país, que permite mantener en ellos un impuesto a las ventas y servicios, y coronarlos con un vergonzoso 19%.
    Pensé, además, que un país que no defiende al fútbol (que dicho sea de paso, tiene muchos más adeptos que la literatura) no se esforzaría por defender al libro, más aún si existen cómodos resúmenes por la web, y libros en PDF que, a pesar de ser muy útiles, no poseen esa magia que provoca hojear, ni llevar una historia a cualquier lugar del mundo, sin necesitar energía eléctrica.

    Entonces comprendí que la única forma de ganarle a esta injusticia es apelando a un grandioso romanticismo, que desató una frase visceral:

    “Los libros me salvaron la vida.”

    Puede parecer una exageración, pero cuando las hojas amarillentas del silabario, o la cuidadosa selección de cuentos en los textos escolares, se transforman en el refugio de una niña que, por consecuencia de su exagerada sensibilidad tuvo que aprender antes de tiempo que el mundo era un lugar triste, no queda más que otorgarle al libro un poder divino.

    No recuerdo, con exactitud, como aprendí a leer. Quizás la acumulación de preguntas obstinadas a mi paciente madre, las letras que dibujábamos en el jardín infantil, o el ansia por descubrir el misterioso mensaje de los letreros, me hicieron abrir los ojos a un mundo fascinante que se me presentó de manera prematura. Aprendí a leer antes que la mayoría de los niños de mi edad, me sentía privilegiada, maravillada por las palabras, pero al mismo tiempo, con mucha inquietud que no podía saciar. Nunca me faltó nada material, solamente libros… Y quizás por suplir esa carencia fue que comencé a repletar mis cuadernos con una redonda caligrafía, de la cual desprendía una poesía simple y graciosa, que abusaba de las rimas, y que no tenía más pretensión que ser re leída muchas veces por su propia autora.

    Mi primer libro fue un regalo de mi padre, tenía unas delgadas carillas color café, y una portada de fondo verde con un difuso dibujo azul. Se llamaba El niño que enloqueció de amor, me lo obsequió con una temerosa advertencia: “No creo que lo entiendas bien, todavía eres muy niña. Yo lo leí a las 15 años”. Aquello no me importó, ese niño tenía 7 años, un año menos que yo, no podía ser tan difícil comprenderlo.

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    El amor por los libros, como el amor verdadero, fue un amor que nació espontáneamente, nadie me lo heredó. Y a pesar de los desencuentros, de la pereza y el abandono, no puedo dejar de sentirme agradecida.

    Como no recordar la infancia, y agradecer la agudización de la memoria que me otorgaron las bellas poesías de Gabriela Mistral, siempre tan solicitadas en las reuniones familiares, en donde mi vocecita de niña declamadora tenía que esforzarse por alcanzar el volumen adecuado.
    Nadie me comprendió mejor que Guillermo Blanco, que en su prólogo de “Gracia y el Forastero”, me dijo: “La adolescencia no es una carpeta de casos psicológicos, es una etapa de la vida humana”. Aquella etapa no habría sido la misma sin los libros, sin García Márquez y su interminable clan Buendía, que me mantuvo despierta y obsesionada varias noches. No recuerdo otro “Viaje alucinante” como el de Isaac Asimov, ni relatos tan cinematográficos como los de Hemingway.

    Imposible no amar a seres humanos que no conocí, pero que me salvaron del espasmo emocional, como Cervantes y su alienado “Quijote de la mancha”, que me enseño a creer que nada es imposible. A Bukowski, con su desbordante humanidad, tan violenta como frágil. A José Saramago, que me enseñó a mirar el mundo otra vez luego de  su “ensayo sobre la ceguera”. Como no agradecer a Calderón de la Barca y a Luigi Pirandello, que removieron mi alma con sus obras teatrales. Como olvidar la fascinación que me provocaron Poe y Lovecraft, con sus relatos espeluznantes, repletos de observaciones meticulosas.

    Es imposible pensar en Nietzsche sin sentir las ansias de decirle que pasé la prueba de fe luego de “El anticristo”, y como no fantasear con volver el tiempo atrás y coincidir con Paulo Freire, para decirle que su “Pedagogía del oprimido” cambió mi vida para siempre.

     

    Como no soñar con estrecharle la mano a hombres que aún viven, como Paul Auster, Ray Loriga, Gene Wolfe y Nicanor Parra, y agradecerle por todos los buenos momentos que me han regalado. Podría mencionar a muchos más, pero prefiero reiterar lo que ya he dicho: Los libros me salvaron la vida. Estoy segura que no soy la única rescatada, es hora de que nosostros le salvemos la vida a ellos.