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Se nos viene el 2035…

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    Hace años que en Chile que no se habla de política. El presupuesto encarna el tecnicismo-económico en el que estamos sumidos. Sólo discutimos sobre políticas públicas para morigerar aspectos del sistema. Si somos francos, hoy debatimos sobre cómo llevar nuestra institucionalidad al mínimo aceptable. Sin embargo, la crisis que vive el país fue engendrada años atrás. Parte de ella deriva del modelo establecido por la dictadura y la otra parte del “cortoplacismo” de nuestros políticos tras el retorno a la democracia.

     

    Fue la política de los denominados “consensos” la que maquilló nuestro presente. Es por ello, que también es parcialmente responsable de la crisis de credibilidad por la que pasa el sistema. Por aquellos lujuriosos años 90’, ningún político de nuestra inexperimentada democracia hizo el ejercicio de proyectar el Chile del futuro. Nos regocijábamos con ser los autodenominados “jaguares de Latinoamérica”. Nunca nadie –en 1995- se preguntó ¿cómo será nuestro país en 2015? Los esfuerzos se centraron en pulir “pasito a pasito” ciertos aspectos heredados de la dictadura.  Un modelo basado en el libertinaje económico que debió satisfacer las necesidades de millones de chilenos mediante el “chorreo”. Ese mismo “chorreo” que no alcanzó para vivir, por lo que se sucumbió ante el crédito; no alcanzó para la salud, por lo que se sucumbió ante las isapres; no alcanzó para la educación, por lo que se sucumbió –nuevamente- ante el endeudamiento. Ni hablar de las AFP…

     

    Durante su interpelación, la ministra Carmen Castillo afirmó que Chile “es un país tremendamente exitoso” en salud. La secretaria de Estado superó ese delgado límite entre la defensa política y la autocomplacencia. Vivir de los supuestos triunfos del presente es uno de los peores enemigos para la política. Y es que nuestra sociedad –hace algunos años- despertó de ese letargo impuesto por las instituciones. Grupos económicos creados a partir de privatizaciones que financian políticos a fin, un sistema electoral que propicia el empate y medios de comunicación que enmarcan nuestro debate dentro de las fronteras del propio sistema. A pesar de todo, siento que la historia nos ha demostrado que el capitalismo es el menor de los males.

     

    Quizás el extremo negativismo que tenemos respecto a nosotros mismos, sea la mejor cualidad que poseemos para avanzar hacia un país mejor en dos décadas más. El desencantamiento con “lo que fuimos” ha obligado a la sociedad a demandar una reconstrucción orgánica de “lo que somos”. Y como podemos imaginar, parte de esa insatisfacción pasa porque los cambios requeridos proyectan sus respuestas a “largo plazo” y las demandas del presente no se verán suplidas a “corto plazo” por la institucionalidad.

     

    Necesitamos dejar la sesgada y básica discusión de las políticas públicas. Tenemos que dejar de creer que un país exitoso se construye con una ideología empresarial esperando que el balance a fin de año sea siempre azul. Hagamos una lectura más profunda porque aquel melancólico año 1995 está igual de cerca en la línea de tiempo que el futurista 2035. Dejemos de encuadrarnos dentro de lo que “puede afectar a la economía”, para dar paso a un análisis que vaya más allá de un par de años. Porque de eso se trata, de construir futuro para que en dos décadas más no nos arrepintamos de las decisiones que no tomamos hoy.