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UNA CONVERSACIÓN CON JUAN DIEGO SPOERER

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    Hace un par de veranos atrás, un buen amigo cinéfilo me llamó entusiasmado. Quería compartir conmigo lo que el consideraba el mejor documental chileno que había visto.

    Se trataba de “La Sombra de don Roberto”, una película en donde el desierto parte hablando con su voz melancólica, nostálgica y violenta, tal como la historia que se narra en medio de la antigua salitrera de Chacabuco, que nos muestra la soledad de un hombre que decide refugiarse en el mismo lugar donde había sido torturado, y que en medio del rodaje vuelve a mirar el rostro de sus carceleros.

    “Un psicólogo me dijo: Tu tienes que irte a Chacabuco un par de días, porque a los fantasmas hay que enfrentarlos, no reuhirlos… Bueno, me vine y me quedé ” dice don Roberto, tras el lente instigador de Juan Diego Spoerer, quien visitó al protagonista del documental unas diez veces antes de rodar, sin decirle que quería filmarlo. “Siempre es importante el momento previo al rodaje, en el cine es a la antigua, hay que pololear largo antes de irse a la cama… Uno se da cuenta cuando se hace una película donde no existe vínculo con el personaje.”

    Spoerer, fue exiliado a Suecia cuando aún era un veinteañero. Allí incursionó como cantautor, cursó estudios en el Instituto Sueco del Cine, y desarrolló un importante trabajo periodístico como documentalista radial, labor que le valdría el Premio Nacional de Periodismo en dicho país, el año 1999. Es un hombre que habla sin eufemismos, es directo, enfático y profundo, no esconde el desconcierto que le provocó reencontrarse con su tierra, cuando decidió volver del exilio en el 2000: “Chile es otro país, para mi no es una país. Prefiero pensarlo como paisaje, y eso es lo que amo de Chile, el olor, el color, el perfume.”

    Esta nostalgia por Chile es, seguramente, el ímpetu que dirige la cámara de Juan Diego, que a través de “La sombra de don Roberto” logra transmitirnos la herida punzante del pasado. No se trata de otra película más que habla del golpe de estado, a través de ella se pueden hacer muchas lecturas: Se trata de violencia emocional, de locura, de enajenamiento, de la metamorfosis del resentimiento, de una poética del horror.

    “Cada cual puede leer a su manera, la verdad es que ni yo me di cuenta. La premisa era buscar si existía un espacio conciliatorio en  Chile, pero en el fondo, inconscientemente, la película me fue llevando a hacer el retrato de una persona que se enfrenta a  la soledad, a sus miedos, a su pasado, y tiene que hacerlo solo… Y eso es más fuerte que el mensaje tangencialmente político”.

    Nos dice Spoerer tras el escritorio de una Universidad Talquina, en donde se destaca por ser un profesor diferente, que no se ata a convencionalismos y que intenta fomentar el espíritu crítico de sus alumnos:  “Hemos generado una sociedad con un grado de enajenación espantoso, y un desafío que yo tengo como profesor es hacerle ver a mis estudiantes que podemos construir algo distinto a lo que tenemos hoy… La frivolidad es algo que campea el mundo, los valores identitarios ahora son asfalto, Coca-Cola y celular”.

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    Mientras Juan Diego Spoerer se apronta para publicar un poemario llamado “La lluvia del sur”, invitamos a todos quienes no hayan visto este premiado documental, a viajar hacia la soledad y la memoria: